
Se
había pasado mucho.
Había llegado a ver (o mas bien a observar desde la
tranquilidad que te provoca un coctel de
heroína y
antidepresivos) su brazo derecho (el malo, pensaba
Marvin), envuelto en llamas que lo
lamían, crepitando al consumir su carne, procedentes de la botella de
bourbon que
ultimamente siempre llevaba por pulsera (salvo cuando tocaba, pensaba
Marvin), iniciadas por un cigarrillo que seguiría
flotando en aquella botella, mudo e impasible
único testigo consciente de lo ocurrido, mucho
después de que le encontraran sentado en la misma
posición, no muy consciente de que algo
había pasado.
Marvin se
repetiría, muchos años
después, la frase que entonces le había llevado a lo mas alto, y que le
había hecho acabar sentado en aquel
sillón.
-Que diablos, solo se vive una vez